
Texto, In Memoriam de Mons. José Luis Serna Alzate, Misionero de la Consolata, leído en las honras fúnebres en la catedral de Florencia. Monseñor nació el 17 de febrero de 1936 en Aranzazu, Caldas y murió el 28 de septiembre de 2014 en Pereira, Risaralda.
Jorge Reinel Pulecio Yate*
Cuando en 1962 el entonces padre José Luis Serna Alzate llegó como misionero de La Consolata al Caquetá, ya conocía del mundo: había bebido la historia de Occidente desde una de sus cunas, el cristianismo, en Turín y Roma, en Italia; había conocido la cuna de la humanidad en Mozambique y Kenia, África; y había aprendido de la vida y del amor familiar en Aranzazu y el Viejo Caldas.
El Caquetá de entonces (1962) era una tierra de paz y armonía. Ya había pasado el torrente de migrantes de la primera Violencia de los años 40 y 50, pero seguían llegando desplazados y emprobrecidos, buscado el oasis de paz que era el Caquetá. Buscaban eso: tierra y paz.
Monseñor Serna llegó en búsqueda de almas para evangelizar, y de hombres para hacerlos dignos. Era misionero, pero ya dijimos que además, había bebido el mundo
Los caqueteños de entonces eran: de un lado, nuestros padres, parias de la violencia la mayoría; unos pocos colonos viejos -herederos de la guerra con el Perú; y nosotros, los nacidos en los años 50 y 60. Luego vinieron las nuevas generaciones que crecieron a borbotones.

Yo fui acólito (en realidad monaguillo), primero en El Doncello, con el padre Juan Demichellis, y luego en Florencia con monseñor Serna.
Como el Caquetá era tierra de misiones, celebrábamos las “semanas de misiones” que en realidad eran oportunidades de encuentro de aserradores, taladores de selva, cultivadores de arroz, maíz, plátano, yuca, y vaqueros y comerciantes, todos cerreros, que aprovechábamos esa semana para socializarnos, bautizarnos, confesarnos, casarnos, etc. y de paso, encontrarnos con Dios.
En realidad, el Caquetá era una gran isla, desconectada del mundo, que gracias a las misiones y a los misioneros, construía sentido en un espacio virgen y primitivo.
Todo eso lo encontró monseñor Serna al llegar al Caquetá y se propuso transformarlo, o por lo menos, ayudarnos a darle sentido.
Lo primero que fundó fue el Club Juvenil, a un lado de la Catedral. Allí conocimos -las generaciones del 50 en adelante- las mesas de ping pong, el ajedrez, las damas chinas, las mesas de billar, el gimnasio, sí, todo eso, junto a una gran biblioteca que nos hablaba de otros mundos, más allá de la Cordillera Oriental que era nuestro límite.

Pronto, ya en 1964, monseñor Serna inició ese bello experimento de encuentros societarios que fueron las “Semanas Culturales”. No eran semanas. Eran meses y años. Sí, porque todo el año nos preparábamos para competir en cuento, narración, poesía, declamación, oratoria, teatro, canto, música, o con las carrozas engalanadas de los departamentos de origen de nuestros padres. Y luego, cuando llagaba la semana cultural, disfrutábamos de valet, danza clásica, los mejores cantantes y compositores nacionales, el cine, y el teatro clásico que monseñor conseguía con las embajadas de Francia, las dos Alemania, Reino Unido, Italia, etc. Nosotros, hijos de colonos semianalfabetas, bebimos lo mejor de la cultura universal, gracias a monseñor José Luis Serna Alzate!
Eran épocas en que no teníamos energía eléctrica, ni TV, ni teléfonos, ni carreteras… Ya dije que vivíamos en una isla, silvestre, de seres rudos pero pacíficos.

Las semanas culturales se extinguieron por varias razones, pero la principal fue la intolerancia y el radicalismo. Entonces monseñor intentó seguir conectando a los colonos con el conocimiento y con el mundo, y para eso fundó la emisora Armonías del Caquetá. Allí sigue, por otros medios, la cultura y la información formando sentido de pertenencia regional.
Luego fundó el Centro Cultural Nocturno.
Monseñor Serna fue ante todo un maestro. Fue mi profesor de Filosofía y de Teología en el Colegio Nacional La Salle. Fui su peor alumno, pero él siempre me perdonó.
Por eso, cuando en 1982 se convirtió en el Primer Alto Comisionado de Paz, en el gobierno de Belisario Betancur, él intervino para que me nombraran Secretario de Educación del Caquetá, dando prueba de tolerancia y democracia, justo cuando el suscrito era dirigente de izquierda, en el Movimiento Nacional FIRMES.
Fui entonces testigo de su labor infatigable por la paz.
El fracaso de la colonización orientada condujo a la marginalidad y la pobreza a las grandes masas de colonos. La intolerancia política, la exclusión y el clientelismo del Frente Nacional, mas la efervescencia ideológica mundial de los años 60 y 70 (tiempos de Vietnam, Laos y Camboya; de Cuba y el Ché; de teología de la liberación) hicieron de nuestra región un espacio propicio para la insurgencia guerrillera, luego que los movimientos contestatarios legales e institucionales fueron reprimidos y estigmatizados, o simplemente desconocidos, como la toma campesina de Florencia de 1972.
Recordemos también el Paro Cívico de Florencia en 1977, para alcanzar la interconexión eléctrica con el Huila. Monseñor Serna aceptó que su hermano, el Padre Álvaro, nos apoyara en el comité directivo del paro como presidente. Luego del paro, de los muertos y los desaparecidos, gracias a su gestión yo pude salir de Florencia, vivo y sano, pues fui secretario del comité de paro.
Monseñor Serna conocía al detalle las causas del conflicto armado y a los actores del mismo.

Por eso le dedicó lo mejor de su vida y de su inteligencia a la causa justa de la paz y la reconciliación de los colombianos.
Con él recorrimos ríos y caños para recibir a los guerrilleros del M-19 que se amnistiaron entre 1982 y 1983. Y luego él siguió, hasta donde tuvo fuerzas, construyendo confianza y reencuentro entre las partes en conflicto.
Cuando fue trasladado de Florencia a la diócesis del Líbano y Honda, siguió su lucha por la convivencia y la paz. Por eso fue artífice del pacto entre indígenas paeces (nasa) y las FARC, y de la defensa de los campesinos cafeteros cuando la crisis del grano.
Nadie recordará en la historia los nombres de los fiscales y los falsos testigos que intentaron enlodar el nombre de monseñor Serna. Él los perdonó y la historia los condenó como villanos innombrables.
Me duele que un medio como El Tiempo haya “olvidado”, o mejor, intente ocultar el papel de monseñor Serna en la historia nacional. Que la gran radio y la TV también lo ignoren.
Me duele que no esté aquí, en la ceremonia fúnebre, la señora del MIRA, gobernadora del Caquetá. Al menos se habría informado un poco de quiénes somos los caqueteños y cuál es la historia de un pueblo que ella no conoce y va a gobernar.
Pero más me dolería que mis coterráneos, sobretodo los jóvenes de las escuelas y colegios, ignoraran el papel del misionero de almas y de hombres dignos que fue el obispo Serna.
Con seguridad, el día que “estalle la paz” y ojalá sea pronto, a partir de los diálogos de La Habana, los colombianos y los caqueteños habremos construido el mayor monumento posible a la historia de vida que fue monseñor José Luis Serna Alzate.

La lucha insaciable por la paz y por la cultura fueron sus consignas. Tenemos el deber de continuarla.
Que descanse en paz, querido constructor de hombres dignos. Nos encontraremos siempre.
*Jorge Reinel Pulecio Yate, Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia.