
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me consagró con una unción, para anunciar la Buena Nueva a los pobres; me envió a proclamar la liberación a los presos y a devolver a los ciegos la visión; a liberar los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19; 7,22)
Por Salvador Medina *
En todos los tiempos y lugares, pero especialmente en este de pandemia universal, resulta urgente aprender CONSOLAR, que no es algo diferente a aprender a amar.
Un aprendizaje que iniciamos desde cuando nacemos y que nunca acaba, porque consolar, como amar, es un ejercicio práctico de entrega, de servicio amable a los demás, en las diversas aflicciones y sufrimientos de la vida. Consolar, como amar, no es una teoría ni un sentimiento, es una experiencia de felicidad, causada por la donación gratuita permanente de uno mismo, de lo que somos y no solo de lo que tenemos y de pronto nos sobra. Al mismo tiempo, cuando consolamos, aprendemos a ser consolados. ¡Y, vaya si lo necesitamos!
Es un aprendizaje fundamental, pues no basta con amar y consolar, hemos de descubrir y aceptar que somos amados, consolados, y que necesitamos tanto a Dios como a los demás para nuestra propia salud y felicidad. Sin esa aceptación de nuestra dependencia, fragilidad y necesidad, caemos en el voluntarismo, ponemos límites a nuestro crecimiento, nos privamos de la alegría de vivir, por no estar dispuestos a aceptar la ayuda que, aunque no merezcamos sí necesitamos.

Nuestro actuar, como cristianos, es humano, como el de todos los humanos, pero lo hacemos en el nombre del Dios que nos reveló Jesús de Nazaret, fuente y fin de toda “consolación – liberación” (cf. 2Cor 1, 3-7), que le “habla al corazón” de los pueblos en los distintos ‘exilios’ y “periferias”, en los campos y en las ciudades (cf. Is 40, 1-11). Nosotros lo hacemos con una pedagogía, un método y una espiritualidad, conjugando el verbo Consolar. Lo hacemos así para no perdernos en el camino, con un método, progresivo y gradual, que nos lleva, procesualmente, desde un punto de partida, lugar de la aflicción, hasta un punto de llegada, lugar de la consolación.
El pedagogo de dicho método pedagógico, ya aplicado desde antiguo por el Dios del éxodo (Ex 3, 1-10) y del destierro (Is 40 – 66), ha sido en este tiempo nuevo, el mismo Emmanuel (Dios con nosotros), presentado en los Evangelios, especialmente en el de Lucas, evangelio de los pobres y las mujeres, de la misericordia y la consolación. El mismo Evangelio ofrecido por el Papa a toda la humanidad con su Carta Encíclica “Fratelli Tutti”, cap. 2, y presentado como la acción de un “Extranjero en el camino”.
Metodología del Ministerio de Consolación
El “punto de partida” está en el lugar de la aflicción, de las lágrimas y de la desolación humana o asolación ambiental: un hombre (pueblo o una nación) que, mientras va por el camino de la existencia, cae en manos de asaltantes que lo someten, lo despojan de todo, lo maltratan y lo dejan, medio muerto a la orilla del camino de la historia; un terreno o territorio explotado y abandonado.

El Proceso de liberación, en este caso, no lo ejecutan los oficiales del poder o de la religión, que miran, hacen un rodeo y siguen de largo, ocupados en ellos mismos y sus asuntos, sino que lo ejecuta, conjugando el verbo consolar, un extranjero compasivo, el Samaritano, que ve, siente el dolor del caído, se aproxima, se agacha e inicia una cadena de acciones u obras de misericordia: abre su morral y cura las heridas de la víctima, lo carga en su propia cabalgadura o estructura y lo lleva a un lugar especializado, lo acompaña hasta ser curado y paga, de su bolsillo, lo correspondiente por el servicio prestado.
El punto de llegada es el ser humano sanado, salvado; es la madre tierra respirando vida, con todos sus habitantes Esa es la consolación, tanto del que recibe el servicio solidario, como de quien lo ejecuta, en la gratuidad.
Conclusión
¡Vamos, hagamos nosotros lo mismo! Hagámoslo con los nuestros y con los de más allá, con la tierra y toda la creación..
* P. Salvador Medina, imc, es misionero en Colombia